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Los abrigos cambiados


Abraham Lincoln contaba cómo una vez contempló la pelea de dos borrachines y que, cuando terminó, salieron cada uno con el abrigo del otro. A menudo la política es así, y consiste en conflictos en los que nos ponemos ebrios y acabamos abrigándonos en lo que detestamos de nuestro adversario.

Introducir algo de claridad supone pensar en lo que vemos y en aquello que el otro ve. Evidentemente, la ebriedad y la ceguera ocurren porque miramos de modo tremendamente selectivo. Así ocurre, por ejemplo, en nuestro problema nacional español. Donde el partidario de la unidad detecta egoísmo injustificado de ricos, el de la secesión solo percibe un derecho democrático evidente: no se puede estar juntos a la fuerza. Y donde el partidario de la secesión denuncia la violencia estatal, el de la unidad recuerda la protección de las personas silenciadas por el nacionalismo. Personas cuyos votos no se cuentan, cuyas manifestaciones se empequeñecen y cuya identidad nacional se reduce a simple residuo colonial. Ciertamente, el partidario de la secesión responde invocando el derecho al voto de todos, también de tales catalanes. En ese momento, su referencia crítica es la violencia del Estado, aquella que impide siquiera cuestionarse su composición. Pero no puede olvidar que quien grita “España nos roba”, además de hacer malas cuentas, sólo puede construir una casa donde muchos se sentirán incómodos.

Es una desgracia: quien persigue la democracia y defiende el referéndum tiende a olvidar cuánta gente silenciada por el nacionalismo necesita protección; y quien defiende protegerlos se desliza fácilmente a la posición del amor imperativo: “tienes que quererme”, explicaba Sartre, es un mandato imposible de cumplir, porque el amor o la simple compañía no surgen de órdenes; no se puede imponer a nadie el estar juntos. Y en esa visión selectiva, cabalgando sobre la bronca, uno y otro se emborrachan: el demócrata radical va de la mano con quienes se presumen arbitrariamente mejores —o ridículamente mal pagados por sus esfuerzos— y el protector de los humillados comparte empresa con la arrogancia conservadora. 


¿Cabría otra mirada y otra práctica? Aquella que se empeña en ver aquello que los contendientes quieren ignorar respecto de sí mismos y del adversario. Sería una que no olvida a los silenciados y considera prioritaria su protección. Sin dejar por ello de comprometerse con la democracia, ni negar a nadie el derecho a comenzar de nuevo. La posición será muy incómoda pues unos te verán como cómplice del poder estatal y otros como abogado de quienes no introducen en sus cuentas a los que no comparten su imaginario nacional —porque son gentes ingratas, porque no son son auténticamente del país. En esa mirada y en esa práctica se trata de concederle a cada uno sus razones pero sin dejar de señalarle las malas compañías con las que las defiende. Tal posición es muy incómoda. Es muy difícil mediar en peleas de borrachos y, quien lo hizo alguna vez, sabe que se arriesga a recibir de ambos los golpes que se reservaban mutuamente. Todo es mejor que que acabar con el abrigo cambiado: siendo patriota del nunca jamás cuando te preocupaban los catalanes silenciados o militante del egoísmo cuando soñabas con un nuevo comienzo más limpio y más justo.

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